El abuelo

el abuelo

    Carlos volvió a entrar en aquella habitación prácticamente a oscuras, tan solo iluminada por una triste luz mortecina que se reflejaba en la tétrica cara de su abuelo.

    Estaba asustado, siempre le impresionó entrar en aquella estancia. A un niño de ocho años le causa pavor el hecho de ver a una persona en esa posición, tumbada y asistida por una bombona de oxígeno, a pesar de que sea su abuelo.

    Y si no fuera poco la imagen de su abuelo, esa sensación de pánico aumentaba con el descuidado aspecto de la habitación, tan distinto del resto del piso. Un lujoso ático en el centro de Barcelona, pagado con el esfuerzo de Pedro, el individuo que ahora permanecía tumbado en su cama.

    Pedro fue uno de esos simpáticos obreros del frente republicano que durante la guerra civil denunciaron a toda persona con afinidades o no al bando nacional, en realidad eso no le importaba, tan solo denunciaba a cualquier ser que se inmiscuyese en sus planes.

    Curiosamente, cuando las tropas nacionales entraban por la diagonal de Barcelona, Pedro aplaudía emocionado mientras vitoreaba con todas sus fuerzas:

    —Franco, Franco, Franco. VIVA ESPAAAAAAAAAAAÑA—.

    Ciertamente no sé cómo lo consiguió, pero en poco más de unos días, Pedro había pasado de ser “El Lobo” como le conocían en su sección del frente popular, a ser Don Pedro, ciudadano responsable del nuevo régimen, y colaborador en la detención de numerosos activistas “Rojos”.

    Que buenos tiempos los del estraperlo y las cartillas de racionamiento. Don Pedro, nuestro Pedro, “El lobo” para muchos excompañeros, consiguió amasar una inmensa fortuna, no sin antes echar fuera del camino a cualquier mequetrefe que se interpusiera.

    Pasaron los años, y con la llegada de la democracia, Pedro se convirtió en uno de principales avaladores del estado de las autonomías, y del nuevo gobierno de la Generalitat, al fin y al cabo, él era uno de esos que se autodenominaban “Demócratas de toda la vida”.

    Cuando llegó el momento en que la gente en Cataluña reclamó un referéndum para lograr la independencia, Pedro (Perdón, ahora Pere) ataviado con su pañuelo palestino, y su camiseta a rayas, gritaba con todas sus fuerzas —España nos roba —.

    Curiosamente, el que robaba a manos llenas era él. El company Pere (El compañero Pedro en catalán). Sus constantes viajes a Andorra y a Suiza, no hacían más que incrementar suculentamente sus cuentas corrientes.

    Pedro tuvo dos hijos Antonio y Adela. Al primero lo anulo como persona, lo convirtió en un paria.

    —No sirves para nada Antonio, eres lo más inútil que he visto en mi vida —le decía constantemente.

    Antonio se suicidó cuando tenía trece años, sumido en una gran depresión provocada por el “Cariño” de su padre.

    Adela, la madre de Carlos corrió aún peor suerte. Aunque no muriera, sufrió los constantes abusos sexuales de Don Pedro. Y Amparo su abuela también sufrió infinidad de palizas por parte de nuestro amigo.

    Una Joya Don Pedro, al que una embolia haciendo justicia universal le había postrado en una cama.

    Amparo y Adela se vieron en la obligación de cuidarlo, pero bien sabe Dios, que se dispusieron a hacerle sufrir, y mucho. Así que le recluyeron en esa sucia y pequeña estancia dejándolo sin más actividades que sus pensamientos, ya que ni una televisión, ni una radio, ni un mísero libro había en su habitación.

    —Que se coma la cabeza —decía Amparo.

    —Que se joda ese cabrón —añadía Adela.

    De tanto en tanto un “Fortuito” descuido, hacía que Amparo derramase sin querer esa sopa hirviendo en el pecho de Pedro. Adela, en ocasiones olvidaba retirar la sonda con sus deposiciones, lo que hacía que esta reventase y se derramase por el piso de la habitación. Aquello impregnaba todo el lugar con un apestoso aroma, mezcla de orines, mierda, y de sudor corporal. Nadie tenía ganas de proferirle ningún cuidado higiénico a Pedro.

    Que vueltas da la vida, ¿Verdad Don Pedro? ¿O debería llamarte “El Lobo”?,  ¿O tal vez company Pere?

    Que sucia está tu alma Pedrito. Llena de suciedad como tu armario. Esa chaqueta de lana que lucía tan bonita cuando levantabas tu puño izquierdo, esa elegante camisa azul con el bordado rojo de falange en el pecho. Aquella magnífica americana de tus tiempos de demócrata, que más tarde cambiaste por la de pana cuando afirmabas que la solución de España era el PSOE, y que posteriormente relegaste de nuevo para recuperar la americana en tus mejores tiempos Aznaristas. O como no, tu ropa “Perroflautil” que usabas para reclamar la independencia.

    Sin embargo, lo peor de tu armario eran esas zapatillas que hacías ir a buscar a tu hijo Antonio mientras le decías lo inútil que era. Esa camisa blanca que siempre se manchaba de sangre después de pegarle una paliza a tu mujer Amparo. Y lo que es aún peor si cabe, ese repugnante pijama que te quitabas cuando abusabas de Adela.

    Día a día, noche tras noche te visitaban los fantasmas de las pobres personas a las que habías denunciado, y los de las cientos de personas a las que habías arruinado, con la única intención de apropiarte de los pocos bienes que poseían. Pero ahora no los vas a disfrutar, tumbado en una cama, sin poder moverte, sin más distracción que tus recuerdos, las visitas de los fantasmas, y de Adela y Amparo para quemarte o escupirte en la cara. Es lo único que te queda.

    Tu esperanza, estaba depositada en Carlitos, con él, podrías enmendarte. Podrías ser bueno y pedir el perdón celestial.

    Carlos, venciendo su repugnancia entró en la habitación y se sentó junto a su abuelo.

    Triste estampa la de un niño de ocho años junto a su esquelético abuelo ligado a una máquina que le suministraba el oxígeno necesario para mantenerse con vida.

    —Carlitos cariño, que ganas tengo de morirme y descansar —dijo Pedro.

    — ¿Descansar Abuelo? —contestó Carlos.

    —Quiero morirme, no aguanto más tanto sufrimiento. Por favor, desconecta la máquina para que pueda descansar en paz, e ir al cielo. Ya que he pedido perdón por mis pecados —le dijo mirándole fijamente.

    Qué lejos quedaba esa mirada de odio de “El Lobo”, y esa mirada de superioridad de “Don Pedro”.

    — ¿Al cielo? —preguntó inocentemente Carlitos.

    Sin embargo, Pedro pudo apreciar un brillo especial en la mirada de su nieto, algo que le hizo estremecerse.

    —Me da igual, o al Infierno —le contestó.

    Carlitos soltó una larga carcajada, y se levantó. Se dirigió a la puerta donde le esperaban Adela, Amparo, y una sombra que se parecía a Antonio.

    Se volvió hacia su abuelo, y al mismo tiempo al quien también era padre, exclamando:

    — ¿PERO DONDE CREES QUE ESTAS, INFELIZ?—

    El infierno tiene mil caras, y una finalidad. Conseguir que no seas consciente de estar en él, pero que pese a ello, que sufras eternamente.

    ¿Estas vivo, o también eres un condenado como Don Pedro?…

    Reflexiona amigo, si  no escondes nada, estas a salvo.

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