El critico.

el critico

    Cayetano Guzmán y Sáez de Heredia, el afamado crítico literario colaborador del diario “La Tazón”, se levantó molesto aquella fría mañana de invierno.

    — ¿Por qué tienes la manía de poner el despertador a las 6:50 PM siempre? —reprobó a su mujer.

    Filomena adquirió esa costumbre en sus años universitarios. Prefería que sonara diez minutos previos a las siete, para poder retozar durante unos instantes. Cayetano aborrecía aquella conducta.

    Tras una ducha en la que encontró el agua demasiado fría, se dirigió al vestidor. Se engalanó con su última compra, un traje de color gris. Se miró en el espejo enfadado. “Ese maldito sastre no sabe hacer bien los arreglos —se dijo”.

    En la cocina con su taza de café en la mano, recriminó a Filomena la elección en la compra de la cafetera.

    —No sabes hacer nada bien, eres un desastre —le dijo.

    Al salir de casa, su mujer intentó darle un beso de despedida, pero Cayetano no se lo permitió. Aquella inútil no comprendía que le dejaba marcas de carmín, y eso era intolerable.

    El taxi que había solicitado llegaba con retraso, y para más inri, el tráfico estaba colapsado. “Si es que le dan el carnet a cualquier inútil —pensó”.

    Ya en las oficinas de su diario, encontró la calefacción demasiado alta. Se sentó molesto en su despacho dispuesto a hojear dos nuevas novelas de las cuales tenía que realizar una crítica. “Las sombras del destino” de John Corbes, y “Relatos de una anciana” de la ganadora del premio “satélite” Alba Cifuentes.

    “¿Qué se habrá creído ese arrogante de Corbes?, aunque sus sagas sean best seller, su lenguaje es pueril. Le voy a dar una crítica negativa —se dijo”.

    A continuación, aferró con desdén el libro de Alba Cifuentes. “Es ridículo, todavía no ha nacido mujer que escriba bien. Sin duda este premio ha sido por tirarse a alguien —pensó”.

    Cayetano decidió dejar para más tarde la redacción de sus dos nuevas críticas destructivas. Observó los innumerables diplomas y premios de su pared, todos por su labor periodística. En aquellos momentos de clarividencia, no se podía engañar a sí mismo, sin lugar a dudas, los hubiese cambiado todos por tan solo un pequeño premio literario.

    Escribió en su Juventud la novela “Suspiros de Teruel”, sin embargo, ninguna editorial quiso publicarla, la respuesta era siempre la misma, “Siga trabajando, no tiene el nivel adecuado”. “¿Nivel?, yo os voy a dar nivel a todos, os vais a cagar —se prometió, cuando decidió convertirse en crítico literario y darles a todos para el pelo”.

    Llegó la hora de comer, y se dirigió con paso cansino al restaurante donde solía acudir diariamente.

    La Camarera le sirvió el plato, y tras probarlo, lo encontró repulsivo. “Nunca aprenderán a cocinar en este miserable lugar, aún no sé por qué me digno a venir —se dijo”.

    Tras el café, que por cierto encontró aguado, se decidió a pasear un rato por el parque. Tuvo que soportar cruzarse con los ciclistas y corredores que siempre le habían molestado. Eligió un banco para descansar y dedicarse a reflexionar. Observó a una pareja de ancianos que tiraban migas de pan a las palomas. “Malditos viejos, solo sirven para generar gasto a la seguridad social. ¿Cuándo tendrán la decencia de morirse? —se preguntaba siempre”.

    Asqueado con la situación. Decidió volver a casa. Su esposa Filomena le esperaba contenta.

    —Cariño, ¿Te gusta la falda que me he comprado hoy? —le preguntó.

    Cayetano la observó durante unos instantes, preguntándose el motivo por el cual le consultaba estupideces en lugar de tener preparada la cena.

    —No, te hace gorda, se aprecia la celulitis de tu culo —respondió.

    Filomena resignada se dispuso a servir la sopa. Cayetano probó un sorbo y se desesperó.

    —Joder, le falta sal. ¿Es que no sabes hacer nada? —le espetó.

    Ella no le contestó, estaba acostumbrada a sus críticas, precisamente eso era algo que le había convertido en un hombre rico, el criticar a los demás.

    Se sentaron tras la cena, en el sofá, frente al televisor. En “Cadena 6” ofrecían la película “Desastre Total” protagonizada por el famoso actor “Prat Bid”. Filomena suspiró, no pudo evitar exclamar lo guapo que era.

    — ¿Guapo?, es del montón, y además mal actor. No tienes gusto nena —dijo Cayetano.

    “Mira, por una vez tienes razón, no sé qué hago contigo —pensó Filomena”.

    Cayetano se dirigió a su despacho. Encontró una carta sobre su mesa de la editorial “Bajaveo”, hacía tiempo que estaba esperando noticias de ellos. Les había enviado el manuscrito de su hermano fallecido. Siempre le había dicho que esa novela no valía absolutamente para nada, que mejor se olvidara de escribir, y se dedicara a la carpintería.

    Sin embargo, en su interior sabía a ciencia cierta que era una obra de arte. Precisamente por ese motivo, tras la muerte de su hermano, la envió firmada con su nombre.

    Se dispuso a abrir la carta nervioso. Al leerla se quedó horrorizado.

    “Estimado don Cayetano Guzmán y Sáez de Heredia:

    Nos complace mostrarle nuestro interés por publicar su fabulosa novela. Consideramos que es una de las mejores obras que hemos recibido. Nos gustaría que pasara usted por nuestras oficinas para firmar el contrato. Como muestra de confianza, le adjuntamos un cheque por valor de cinco mil euros como adelanto a sus honorarios.

    Quedamos a su disposicion”

    —Madre mía, pandilla de inútiles. Disposición sin acento —exclamó.

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