Zumy, el robot que lloró.

zumy

Relato de la serie homenaje a Isaac Asimov.

    Zumy permanecía en silencio mirando las estrellas, añorando a su familia, mientras unas gotas de aceite humedecían sus robóticos ojos. Zum RPC1, no fue programado por su constructora la U.S. Robots con ninguna función que le permitiese llorar, sin embargo, lo estaba haciendo, estaba llorando.

    No me preguntes como era posible amigo lector, ya que hay cosas que se escapan a mí conocimiento de la ciencia, incluso de la ciencia ficción.

    Vio por primera vez la luz el veinticinco de mayo de 2213, en aquella pequeña sala de la compañía. La doctora Harrison, supervisora del proyecto “robot niño” le observaba con ojos tiernos, ante la atenta mirada de Robert Callager, presidente de la U.S. Robots.

    —Bob, no me digas que no es adorable —le dijo ella a su compañero.

    —Sin duda alguna doctora. Mi hermano y mi cuñada, estarán encantados de evaluar este prototipo —le respondió.

    El señor y la señora Callager, debían partir en dos semanas hacia la colonia “Marcus” situada a veintiocho parsecs de Alpha Centauri. Mary estaba embarazada de mellizos, y Zum seria sin lugar a dudas una buena compañía para ellos.

    —¿Mama, Papa? —preguntó Zum RPC1.

    La doctora Harrison, y Robert sonrieron tratando de no asustarlo.

    —No, pequeño, pero pronto conocerás a tus nuevos padres —contestó la doctora suavemente.

    — ¿Y cómo me llamo señora? —preguntó.

    Aunque no debería ser así, esa pregunta les sorprendió. Si se hubiese tratado de cualquier otro robot, le hubiesen indicado su nombre técnico, pero no podían hacerlo con aquel adorable androide infantil.

    —Zumy, te llamas Zumy —afirmó con voz emocionada Anna Harrison.

    Zumy bajo de la camilla, reía y daba saltos de alegría. De pronto se detuvo, y corrió hacia la doctora para abrazar sus piernas. Anna comprendió que separarse de él, sería una de las mayores tragedias de su vida.

    Seis meses más tarde los Harrison ya se habían instalado en la pequeña colonia de “Marcus”, aquel planeta de pequeño tamaño no reunía las condiciones para albergar vida humana, en realidad era una simple luna abandonada después de las “guerras corinas”, ningún ser humano aparecería para molestarlos.

    Eso fascinaba a John, ese lugar era ideal para terminar su novela. Aquella pequeña colonia provista de sistemas de soporte vital, y comida suficiente para cinco años, había sido un regalo providencial.

    Mary no estaba tan fascinada, pero hubiese hecho cualquier cosa por ver feliz a su marido, además, serían tan solo cuatro años, luego volverían a la tierra.

    —Mama, Mama, ¿Me das un beso? —gritaba Zumy mientras se acercaba a ella correteando.

    Ella le miraba con dulzura, francamente se había encariñado con aquel androide. De pronto sintió una contracción “Dios, ya vienen los mellizos —pensó.”

    —Zumy, corre, avisa a papa —le gritó.

    Zumy corrió asustado. Sabía lo que tenía que hacer y estaba capacitado para hacerlo como cualquier otro androide, pero también era un niño. Si no hubiese sido por las tres leyes de la robótica implantadas en su cerebro positrónico que le forzaban a proteger a los seres humanos, con toda probabilidad hubiese ido a esconderse debajo de su cama.

    Debes perdonarme amigo lector, si ya conoces las tres leyes de la robótica, no obstante, debo volverlas a citar para los que no las conozcan.

    La primera: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

    La segunda: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley.

    La tercera: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley.

    —Papi, papi, mis hermanitos van a nacer —gritaba como un poseso mientras corría a toda velocidad en busca de John.

    El parto trascurrió con toda normalidad, dos preciosos mellizos, Carolina y Peter nacieron sanos y en perfecto estado. Zumy era feliz, les amaba.

    Fueron dos años de gran alegría, disfrutando de sus padres y sus hermanos, cuidándoles y mimándoles, esperando a que crecieran para jugar con ellos. Sin embargo, no lo quiso así el destino. Aquella fatídica noche los sistemas de soporte vital fallaron, la atmosfera artificial se tornó irrespirable, John, Mary, Carolina y Peter, perecieron ante los atentos ojos de Zumy, que no pudo hacer nada por salvar sus vidas.

    Y allí estaba Zumy, fuera de la base, contemplando las estrellas, desando morir, pero no podía, la tercera ley de la robótica le impedía infringirse daño a sí mismo, por lo que no podía hacer nada más que esperar eternamente, y suplicar porque alguien algún día le desconectase.

    No quería continuar viviendo, estaba tan solo sin sus padres y sus hermanos. Solo podía hacer una cosa para la que no estaba programado, llorar.

    —Mama, ¿Por qué me has abandonado?