El Robin Hood de la Navidad

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    Roberto Bosques, sargento de ingenieros destinado en Irak, regresó a Valencia tras un año de servicio. No podía volver a su casa porque ya no le pertenecía. El Banco Chantarderino había ejecutado el desahucio.

    Sus ancianos progenitores fueron literalmente arrojados a la calle sin lugar a donde ir. Antonio, su padre se quitó la vida lanzándose al vacío desde el quinto piso mientras la policía arrastraba del cabello por el pasillo a su octogenaria madre, mientras suplicaba que la dejasen permanecer en la vivienda. Carmen falleció tres meses después debido a una pulmonía. Su viejo cuerpo no estaba preparado para dormir en el parque con tan solo unos cartones resguardándola del frio.

Roberto descendió del tren mirando a izquierda y a derecha. Debía decidir cuál sería el camino a seguir. Se alejó lentamente de la estación, absorto en sus pensamientos. Caminó durante horas sin rumbo hasta que abandonó la ciudad y llegó a un bosque. Sacando de su mochila un viejo saco de dormir, decidió acampar y encender una pequeña hoguera.

    La rabia le consumía, había llorado en Irak la muerte de sus padres sin poder hacer nada al respecto. El deber para con la nación estaba por encima de los problemas personales. Pero ahora era un civil, ya no le debía nada a esa patria que le había tratado tan bien. Había llegado el momento de hacer justicia.

    La noche del 24 de diciembre se apostó frente a la mansión de la presidenta del banco Chantanderino, Ana Zapatin, heredera del grupo financiero tras la muerte de su amado padre. Había planeado una acción de venganza simbólica, se convertiría en el Robin Hood de las navidades, robando los regalos de los niños ricos para entregárselos a los niños pobres.

    Esperó hasta que las luces se apagaron, y lenta, pero precisamente, debido a su entrenamiento militar escaló el muro de la finca, se arrastró por el jardín, y entró a través de una ventana tras cortar los cables de la alarma.

    Llegó a un gran salón donde junto a una chimenea humeante y un gran árbol de Navidad había cientos de juguetes. “Los hijos de Ana Zapatin” no van a poder disfrutar de ellos al amanecer —se dijo”.

    Se estremeció emocionado imaginando la escena de unos niños pobres jugando con aquella multitud de juguetes gracias a él. Un poco de justicia social, pese a ser simbólica, sería una buena lección para todos esos ricachones usureros.

    —No mueva ni un dedo —ordenó uno de los doce guardias de seguridad que entraron de pronto.

    Roberto observó como una docena de fusiles de asalto le apuntaban directamente a la cabeza. Su plan había fracasado. Mientras levantaba los brazos en señal de rendición, Ana Zapatin, que acababa de entrar en la estancia se situó muy cerca de él.

    —Sabía que vendrías. ¿De verdad pretendías arruinar el espíritu de la Navidad? —preguntó.
—¿Arruinarlo? Robar los juguetes de los niños ricos para regalarlos a los pobres hubiese sido justicia navideña. Llevar alegría a los que no tienen, hacer felices a los necesitados, esa es la verdadera Navidad —replicó Roberto.

    Ana Zapatin emitió una larga y sombría carcajada que penetro terroríficamente hasta lo más hondo de su corazón. Agarro con sus manos las mejillas de Roberto, apretándolas con fuerza mientras le susurraba al oído:

    —Infeliz, no creas en duendes. La verdadera Navidad es la de los ricos. Hemos estado expoliando a los miserables de tu clase día tras día durante todo el año, para que nuestros retoños disfruten de la sangre que os hemos quitado. Los regalos que ves, los que les ofrezco a mis hijos son el fruto de robaros todo lo que poséis a los parias de la sociedad. Robar a los pobres para dárselo a los ricos, ese es el verdadero espíritu de nuestra Navidad.

 

 

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