Olor a sangre

olor a sangre

Relato spin off de la novela compartida “La Mansión Crow Mirror”.

    El entrecot estaba poco hecho, la sangre brotaba a cada nuevo corte de cuchillo. El plato se teñía de rojo, mimetizándose con el color de la guinda del Old Fashined, que Peter Mongabay bebía con pasión.
Tras años almorzando en el Cooper’s Dinner, aún no le habían servido nunca la carne en su punto. Pese a ser un detective que había visto prácticamente de todo en su carrera, la visión de la sangre le repugnaba.

    —Peter, Peter… —exclamó Nancy Bonet, su secretaria, desde la puerta del dinner para llamar su atención.

    Mongabay le indicó con un gesto que se acercará a su mesa. Apartó el repulsivo plato de su lado, y bebió el resto de su Old Fashioned tras pedir otro al camarero.

    —¿Qué tripa se te ha roto Nancy? —preguntó Mongabay mientras se encendía un Lucky Strike.

    Nancy Bonet, era una brillante secretaría, organizada y metódica, todo lo contrario a Peter Mongabay, no obstante, ella lo admiraba profundamente. Aquel ser arisco, anárquicamente indisciplinado era también un maestro de la deducción. Sus ojos no te permitían entrar en su interior, sin embargo, era capaz de descubrir el más oculto de tus secretos con tan solo una mirada.

    —Es la cuarta vez que llama esta mañana el señor Sholler, ya no sé qué decirle —informó Nancy.

    —Vuelve a la oficina, si llama dile que voy a su casa, quiero verle en persona —dijo Mongabay levantándose y apagando el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas aun humeantes.

    Tomas Sholler era uno de los mafiosos más peligrosos de New Orleans. Controlaba el tráfico de drogas y el negocio de la prostitución en toda la zona este de la ciudad. Desde hacía un mes, catorce de sus hombres habían muerto en condiciones totalmente misteriosas, sin señales de lucha ni marcas de disparos, simplemente desangrados y con dos pequeñas marcas en el cuello.

    Media hora más tarde Mongabay aparcaba su viejo Pontiac en un callejón cercano. Tras encenderse otro Lucky Strike, se dirigió con paso firme hacía la casa de Sholler.

    —Adelante Peter, siéntate —dijo el mafioso señalando un pequeño sillón.

    Mongabay tomó asiento dispuesto a escuchar lo que aquel individuo tenía que decirle.

    —Esta vez ha sido mi hijo, y no pienso tolerarlo. Toma, creo que esto supera lo convenido —dijo entregándole un sobre.

    Peter lo abrió, contenía diez mil dólares, una suculenta suma sin duda. Pese a ello, lo lanzo sobre la mesa rechazándolo.

    —Lo lamento Tomas, pero dejo el caso, no puedo aceptarlo —explicó el detective.
Sholler no estaba acostumbrado a ese tipo de rechazos, por lo que su carácter amigable desapareció, mostrándole su verdadera cara.

    —Te voy a destruir, acabaré contigo si no descubres quien ha matado a mis hombres. —amenazó el capo.

    Mongabay lo observó en silencio, sacó su pitillera y se encendió de nuevo con su Zippo un cigarrillo, lanzando el humo de la primera calada al rostro de Sholler.

    —Ya sé quién los ha matado, y francamente es un feo asunto en el que no deseo involucrarme —explicó al cabo de dos minutos.

    —Considérate hombre muerto —amenazó Sholler.

    —Estupendo, y un día después el fiscal del distrito recibirá un paquete con todos los datos de los casos en los que te he salvado el culo—.

    El mafioso bajó la mirada, sabía a ciencia cierta que el detective tenía información altamente comprometedora para su organización. “Es mejor no entrar en conflicto con este miserable, sabe demasiado —pensó Sholler”.

    —De acuerdo, estamos en tablas —dijo el capo haciendo gestos con la mano para que marchara.

    Sin pronunciar palabra Mongabay salió convencido de que aquello no había quedado en empate, había sido una victoria, al menos en cuanto a su vida se refería.

    Ya en la calle, buscó una cabina pública para realizar una llamada telefónica, tras la cual se dirigió al antro Tocorumba Dance.

    Se sentó en una mesa cerca del escenario, esperando su cita. Una bella rubia que no aparentaba más de veinticinco años, con un arrebatador vestido negro, provisto de una abertura que mostraba una preciosa pierna, y unos zapatos rojos con unos tacones interminables, agarró el micrófono, mientras la banda del local empezaba a interpretar los primeros compases de la canción “Why don’t you do right”. La bella mujer cantaba con tal sensualidad que la temperatura de la sala ascendió hasta límites insostenibles.

   Un desconocido solicitó permiso para sentarse a la mesa.

    —Por favor —dijo Peter.
— ¿Vas a denunciarme ahora? —preguntó.

    Mongabay lo observó, un hombre que seguía aparentando cuarenta años, el mismo aspecto que tenía cuando lo descubrió en su niñez sorbiendo la sangre de sus vacas en él establo.

    —No, he renunciado al caso —dijo Peter.
—Mejor, no me gustaría tener que perdonarte la vida por tercera vez —apuntó el desconocido.

    La primera vez que tuvo piedad de él, fue cuando Peter solo contaba diez años, la segunda fue en Berlín, durante la segunda guerra mundial, hoy se trataba de la tercera.

   —¿Por qué lo has hecho? —preguntó Mongabay.
—Ya lo sabes, no me gusta beber la sangre de inocentes, solo lo hago cuando no hay más remedio, prefiero saciarme con animales o con asesinos como los hombres de tu amigo —respondió.

   Mongabay respiró aliviado por dejar aquel caso, lo había resuelto, pero no era conveniente presentar sus resultados a nadie.

    —Me marcho, espero no volver a verte —dijo Peter.

    El desconocido se rio de la ocurrencia, pues sabía que sus caminos se volverían a cruzar algún día, posiblemente cuando Mongabay fuese un anciano en su lecho de muerte, mientras él continuaría teniendo el aspecto de un cuarentón.

    —Vete, yo me quedaré para saludar a esa atractiva cantante —le respondió.

    Peter sabía perfectamente a que se refería. En ocasiones la lascivia podía con aquellos malditos vampiros, y comprendía que el tremendo olor a sangre caliente que desprendía aquella belleza era superior a cualquier regla ética.

    Mongabay salió de la sala cubriéndose de la lluvia con su sombrero fedora, convencido de que al día siguiente la policía descubriría el cadáver de aquella preciosa muñeca.
Sabía a ciencia cierta que Donald Black, el longevo vampiro, apuraría hasta la última gota de su ser

 

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