Bob “El Pecas”

bob el pecas

    Robert T. Brian, el asesino más buscado en todo el oeste de la Unión. Su cabeza tenía un precio, “Vivo o Muerto” decían los carteles. No sería yo, quien intentase detener a Bob “El Pecas” como le apodaban. ¿Tal vez tú?, eres valiente amigo, pero piensa que podrías pagar un alto precio por esa osadía, tu vida.

    A lomos de su caballo, inmóvil en aquella colina, divisaba el pequeño pueblo de Oldyard. Había recorrido junto a su socio Bill Henderson, más de doscientas millas, en busca de aquel preciado botín.

    — ¿Ese es el pueblo? —peguntó Bill.

    Bob permanecía en silencio, ausente, absorto en sus pensamientos, observando el horizonte. De pronto sonrió.

    —Sí, amigo, ese es. Y ahí está su banco, con el mayor botín que hayas podido imaginar en tu sucia vida —le respondió.

    James Talegon, antiguo compañero de presidio, le habló de ese lugar, de cómo cada viernes de fin de mes, los fondos para pagar los jornales de la Southern Pacific abarrotaban las pequeñas estancias del banco.

    Colina abajo marcharon hasta llegar al pueblo. Una calle principal prácticamente desierta, con alguna vieja lugareña de mirada curiosa, y algún mozalbete que no tenía el valor suficiente para mirar directamente a aquellos forasteros.

    Soplaba el viento con fuerza, la seca arena de la calle impregnaba el aire, lo que incomodó mucho a Bob. Sin embargo, eso era bueno, ese clima no favorecía a que curiosos transeúntes pudieran reconocer su cara en los carteles.

    Observaron el Salón vacío, tan solo un camarero se encontraba limpiando la barra.

    —Entremos, necesito un trago —dijo Bill.

    Bob, le miró, estaba cansado de ese socio caprichoso “¿Ahora quiere beber? —pensó”

    Escupió su tabaco de mascar rozando las botas de su compañero, y sin inmutarse asintió con la cabeza. Tenían todavía unas horas hasta la puesta del sol.

     —Dos tragos de tu mejor bourbon amigo —dijo desde la puerta del Salón.

    El camarero, sin pronunciar ni una palabra, les sirvió de mala gana un extraño mejunje de color marrón en unos pequeños vasos de cristal.

    Bob lo escupió, no había probado nada tan vomitivo en todo el oeste del Mississippi. Bill sacó su arma y encañonó al camarero.

    —Si esto es lo mejor que puedes ofrecernos, esta noche serás pasto de los coyotes —le amenazó.

    —Perdón, perdón, amigos —lloriqueó el barman.

    Saco de un estante escondido una flamante botella, y procedió a servirles dos tragos.

    —Deja la botella —le increpó Bob,

    Ambos disfrutaron de ese exquisito bourbon, hacía tiempo que no gozaban de tan sabrosa pócima.

    —Ha llegado la hora —dijo mirando fijamente a su socio.

    Salieron del salón, dirigiéndose al banco. La calle principal continuaba desierta, el sol era tan justiciero que Bob empezó a sudar. No por miedo, él no sabía lo que era eso, era aquella maldita humedad. La odiaba, después de este golpe, se marcharía al norte del país, en busca de pastos verdes donde compraría una granja y criaría a sus hijos junto a su amada Peggy Sue.

    Entraron en el banco, estaba en silencio, tan solo un hombre, sentado en una silla, parecía haber estado aguardándolos. Frio como el hielo, les miró, su expresión era dura, les había reconocido y no pensaba permitir que robaran ni un solo centavo.

    Fue más rápido que un relámpago, en menos de un segundo había sacado su revolver Colt 45 Peacemaker, del que salió la mortífera bala que atravesó el cráneo de Bill, sin que este tuviese tiempo de emitir palabra alguna.

    Apuntó a Bob, mirándolo de nuevo con odio, como si hubiese soñado con tenerlo a su merced millones de veces.

    —Te tengo, amigo, he atrapado al sucio Robert T. Brian —dijo mientras su rostro se contraía formando una irónica sonrisa.

    Se acercó a él sin dejar de apuntar su arma, pero no le disparó, enfundó su revólver y con ambas manos golpeo el pecho de Bob. Este salió disparado contra la pared. Fue un duro golpe, sintió crujir sus huesos, cayó al suelo quedando con la cabeza agachada.

    Observó sus rodillas, estaban sangrando por el golpe, la sangre bajaba por sus piernas manchando el suelo y sus botas. Levantando su cabeza, buscó la mirada de ese hombre, se estaba mofando de él, sin una pizca de respeto.

    Eso enfureció a Bob, una lágrima empezó a brotar por sus ojos.

    —Buaaaaaaaaa, señorita, este tonto me ha hecho daño —Gritó mientras corría a los brazos de su maestra en aquel patio de colegio.

    Robert T. Brian, Bob “El pecas”, Roberto… no era tan duro como aparentaba.