Hermanos

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    El sol lucía abrasador aquella tarde en Viper City. La calle principal estaba completamente desierta, ni tan siquiera las serpientes o los alacranes, reunían el valor suficiente para permanecer a la intemperie. Nadie, salvo el Sheriff O‘Brian, cuya sombra se extendía a lo largo de la avenida.

    James O’Brian escupió  su tabaco de mascar, que se convirtió, en apenas unos segundos, en una piedra, debido al asfixiante calor.

    “Te espero Cicatrices Tom, sabandija —se dijo”.

    El árbol de los ahorcados estaba dispuesto para recibir al maldito Stepson, que permanecía encerrado en la cárcel esperando su destino. Condenado a morir por el asesinato de Mary y Anne, dos gemelas de diez años, cuyo único delito había sido estar donde y cuando no debían.

    Dos balas perdidas en el atraco del banco central habían sesgado sus cortas vidas. No eran el objetivo de Stepson, sin embargo, pagaron por su codicia.

    —Ven a liberar a tu socio, Cicatrices Tom. Nada me produciría mayor placer —dijo el Sheriff en voz alta, pese a estar completamente solo.

    O’Brian comprobó sus dos revólveres. Dos Colt SAA con capacidad para seis balas cada uno. La banda de “Cicatrices” era de diez hombres, por lo que aún le sobrarían dos cartuchos si la suerte permanecía a su lado.

    En lo alto de la colina, donde se podía observar perfectamente el pequeño pueblo de Viper City, Cicatrices Tom contemplaba junto a sus secuaces el desolado espectáculo.

    —¿Vamos ya, Jefe? —preguntó el viejo Tobías.

    —No, aún no —respondió escuetamente Tom haciéndole un gesto para que callara.

    El silencio era su aliado, le permitía pensar, decidir cuál sería su próximo paso. “Debemos bajar y liberar al hermano Stepson —se dijo”.

    Stepson era su socio, su compañero de fatigas, el lugarteniente de aquella triste banda de malhechores. Desde que le conoció muchos años atrás en la penitenciaria del condado en Kansas, sus destinos se unieron convirtiéndoles en más que amigos, en verdaderos hermanos. Y ahora aquel mequetrefe del Sheriff James O’Brian pretendía ajusticiarlo ante sus propios ojos.

    Desde luego tenía que reconocer su valor al intentar llevar a cabo el ahorcamiento sin que nadie le apoyase. Sin duda aquel paleto se había convertido en un auténtico lobo solitario.

    —¿Y ese Sheriff es peligroso?  —volvió a preguntar Tobías.

    —Puedes ir a preguntárselo. Aunque temo que te conteste a tiros —le respondió Tom, provocando las carcajadas del resto de sus compañeros.

    Mientras tanto en Viper City, dos hombres, un sacerdote y el único ayudante del Sheriff con el valor suficiente para permanecer en el pueblo, salieron de la cárcel acompañando a Stepson al patíbulo.

    —Ven apestoso coyote, ven. Tengo unas balas que llevan tu nombre —dijo O’Brian en voz alta.

    Cicatrices Tom permanecía indeciso. Sus hombres esperaban bajar al pueblo para salvarle la vida a su hermano de armas, pero el permanecía quieto, impasible, sumido en sus pensamientos. “Si, debo salvar la vida de mi hermano —se dijo”.

    Los recuerdos acudieron a su mente. Tantos años compartiendo miserias y desgracias con el único consuelo de su compañía. No siempre se había portado bien con el como se esperaba de un hermano. Había llegado el día de pagar su deuda.

    —Vámonos, muchachos, nos largamos de aquí —gritó.

    —¿Pero no teníamos que salvarle la vida a tu hermano? —Preguntó de nuevo Tobías.

    Cicatrices Tom, no respondió, simplemente volteó su cabello para dirigirse hacia la puesta del sol, muy lejos de Viper City y de su verdadero hermano pequeño, el Sheriff James O’Connor.

 

 

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