El día que maté a Johnny.

el dia que mate

    Desperté como cada día, con aquella terrible sensación de opresión en el pecho. Algo me impedía levantarme de la cama.

     —Joder con Johnny —grité despertando a mi mujer.

    Ella se desperezó alargando sus extremidades y rozando son sus pies desnudos mis piernas. Aquella sensación despertó mi lívido. Intenté abrazarla, pero no fui capaz.

    — ¿No vas a darme un beso? —me preguntó.

    Eso hubiese deseado entre otras más cosas, sin embargo, la costumbre que mi gato Johnny había adquirido me lo impedía. Cada noche decidía que el lugar más apetecible de la casa para dormir era mi pecho.

    Magy, la dulce gata que recogí de la calle años antes, se había quedado embarazada, dando posteriormente a luz cuatro encantadores cachorros.

    Fue fácil regalarlos a todos, excepto a Johnny. Su color negro asustaba a las tiernas parejitas que venían a mi casa en busca de una mascota.

    —Oh, un gato negro, que mal rollo —exclamaban al ver al maldito.

    Por eso lo amé, por ser como yo, oscuro hasta la medula. Y por eso me amó el a mí, al reconocer la gran negrura de mi alma. Permanecía constantemente a mi lado, no se apartaba de mí. Parecíamos dos condenados escapados del infierno vagando por el mundo ante los ojos de los inocentes mortales. Pero ni él era malvado, ni yo una bruja.

    Aún recuerdo aquella fatídica noche, en que sus gritos me sobresaltaron. Miré hacia la calle temiendo lo peor, y como no podía ser de otro modo, eso fue lo que encontré.

    Mi alma gemela estaba tendida en la calle, su sangre cubría toda la avenida. Pero no estaba muerto, la parca solo le había rozado cruelmente con su guadaña, esperando que otro terminase su trabajo.

    La vi, sentada a su lado, sonriéndome maliciosamente.

    —Acaba tú con su vida, o dejare que sufra —me dijo burlona.

    Sus gritos de dolor atravesaron todo mi ser. “Tengo que matarlo —comprendí”. Recordé que en un cajón tenía una vieja “Star” escondida, que había pertenecido a mi abuelo de sus tiempos de maqui tras la guerra civil española. Saqué el arma, comprobé que el cargador contuviese munición y cargue la pistola.

    —Tranquilo Johnny, papá está de camino —grité.

    Llegué a su lado, tenía el cuerpo destrozado, no había otra solución.

    —No serás capaz, eres un mierda —dijo la muerte mirándome directamente a los ojos mientras arañaba con sus garras a Johnny provocándole más sufrimientos.

    Amartillé el arma, apunté a su cabecita, y apreté el gatillo.

    La muerte soltó una larga y terrorífica carcajada cuando comprobó que el arma no disparaba.

    —Las balas son viejas, no funcionan. Solo hay algo viejo y fiable, y soy yo. Pero hoy no voy a ser certera, hoy quiero disfrutar viendo la agonía de tu alma gemela.

    Apreté el gatillo mil veces más, pero la parca tenía razón, aquella munición era inservible. Me dirigí a mi coche, aquella idea vino a mi cabeza como un rayo. “Pasare por encima de él, terminare lo que la muerte no quiere hacer —me dije”.

    Tuve que atropellar a Johnny tres veces ante la atenta mirada de la parca. Finalmente sus maullidos se silenciaron. Estaba muerto por fin, lo había conseguido.

    —Bueno, me lo llevo en mi barca, pero cuando vuelva a por ti, te aseguro que disfrutaré de un mejor espectáculo —me amenazó la muerte marchándose contrariada con el alma de Johnny.

    Llore como un niño, y no me avergüenza confesarlo. No es que sintiese temor por sus palabras. En realidad nunca he sentido miedo al dolor, tan solo es otra forma de placer.

    Desde aquel día, despierto siempre con una terrible sensación de opresión en el pecho. Algo me impide levantarme de la cama. Es Johnny, lo sé.