El sheriff de mi pueblo

el sheriff

Emilio, el peor alumno del instituto de secundaria Ramón Mendoza. No es que sacara algún que otro cero, no, en realidad, podría haber abierto una cadena de venta de rosquillas al por mayor, con la gran colección que obtuvo en su época de estudiante.

Éramos jóvenes, y nos dividíamos en tres clases sociales, los que queríamos pasar desapercibidos, las víctimas de los abusos, y los abusadores, como Emilio.

Por suerte nunca fui blanco de sus bromas, ya que yo pertenecía al primer grupo, pero cuidado amigo si pertenecías al grupo de las víctimas. Emilio podía oler tu miedo, su radar interno los localizaba, y se dirigía hacia ellos, ya bien sea para robarles el dinero del almuerzo, o para atarlos a una farola. Siempre tenía un arma a mano, un palo, una cuerda, o lo que fuera, para cumplir sus fechorías.

Pasaron los años y todos nos graduamos, incluso Emilio. Sí, no me preguntes como, pero lo hizo. Una vieja leyenda dice que su graduación, pese a los malos resultados académicos, estaba relacionada con el extraño caso del coche ardiendo de la profesora Carmen Aparicio.

Unos fuimos a la facultad, otros escogieron oficios muy necesarios para el día a día de mi pueblo, y otros se alistaron en el ejército. Pero Emilio había decidido quedarse a cuidar del banco del parque, donde podía fumarse sus cigarrillos “de la risa”, y de tanto en tanto, disfrutar humillando a algún mendigo de las inmediaciones.

La suerte llamó a su puerta el día que inauguraron la discoteca Revolution. Le ofrecieron el puesto de vigilante de la entrada. ¿Podéis imaginar lo que supone tener a alguien como Emilio en ese puesto de trabajo?

Dios era un mequetrefe a su lado, le habían entregado el poder absoluto. Emilio como un juez de la corte suprema, decidía emitiendo veredictos, quien entraba en el local y quién no. Si eras amigo suyo entrabas, si no lo eras, lo tenías muy difícil para entrar, pero muy fácil para ser humillado públicamente ante su corte de pelotas. Era muy posible llevarse un golpecito de su porra de vigilante. Esta vez tenía un arma un poco más mortífera.

En cuanto a las mujeres, en ese sentido las que eran guapas, lo tenían sumamente fácil si estaban dispuestas a pagar el precio de ofrecer sus caricias íntimas.

En las últimas elecciones el tío de Emilio, el mayor constructor de la zona, obtuvo el puesto de Alcalde, y tomó dos decisiones iniciales. La primera, fue construir una enorme rotonda en la entrada del pueblo que le costó al municipio más de dos millones de euros. Curiosamente fue su empresa la encargada de las obras. La segunda fue poner a un hombre de su confianza a cargo de la policía local.

Ya os estáis imaginando de quien os hablo, ¿Verdad?

Efectivamente “cien puntos” para el lector. Emilio fue seleccionado para el cargo tras un duro proceso de selección, ya que tuvo que opositar frente a otros muchos candidatos.

Espera, espera un momento. Ahora que recuerdo bien, no había ningún candidato más con posibilidades de acceder al cargo. Disculpa mi falta de memoria en ocasiones, amigo.

Ahora sí que le había tocado el premio gordo de la lotería nacional a nuestro amigo Emilio. Se vistió con su impresionante uniforme azul marino, donde la placa de Sheriff resaltaba como la estrella polar en una noche sin luna.

Sin embargo, el punto culminante, cuasi orgásmico, se produjo cuando se cubrió con aquella impresionante gorra de plato, que no tenía nada que envidiar a las que lucían los elegantes oficiales de las SS.

No hay nada como entregarle a alguien una gorra de plato. Creo que al ponérsela se atraviesa la dimensión desconocida, y llegas al olimpo de los dioses. Ya eres más que nadie, el ser más importante sobre la faz del planeta, el que corta el bacalao.

Emilio caminaba por la calle principal del pueblo con una postura y unos andares que hubiesen asustado hasta al mismísimo John Wayne. Ningún malhechor estaría a salvo de nuestro Sheriff, la ley se impondría en nuestro pueblo.

Temblad madres que aparcáis un momento en doble fila para descargar el cochecito del bebe, temblad niños que no respetéis las señales de tráfico con vuestras bicicletas.

Cuidado con esos adolescentes que arrojan un papel al suelo, o esos ancianos que estorban el paso cuando el semáforo peatonal se pone en rojo, y todavía no han llegado a la otra acera.

Para los mendigos no suponía ningún nuevo peligro, ya que lo conocían de años atrás, cuando ya fueron agasajados con las bromas y palizas de Emilio.

Y cuidadito, que ahora sí que tenía un arma de verdad. Un brillante revolver con las cachas de marfil.

El pueblo estaba seguro. Bueno, seguro del todo no, ya que los criminales de verdad estaban tranquilos.

No creías que Emilio era tan tonto como para importunarlos. Que a uno le gusta mandar, pero no recibir una paliza por ello. Además Emilio nunca había sido de los de recibirlas, sino de los de darlas, siempre bajo la premisa de que el adversario fuese muy inferior físicamente.

Para finalizar mi relato, solo me queda imaginar lo que pasaría si viniese un holocausto zombi.

De mismo modo que el  Sheriff Rick Grimes, Emilio se pondría al mando de los supervivientes para protegerlos y guiarlos en esa odisea.

“Dios nos pille confesados”

 

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