Hijos del mismo Dios

hijos del mismo dios

    Estaba a punto de anochecer, los gritos de guerra, el sonido de las espadas, y el estruendo de miles de hombres luchando en nombre de su Dios, dio paso a los gemidos y lamentos de los heridos en los campos de las Navas de Tolosa.

    Mientras Pedro II de Aragón celebraba la victoria sobre los Almohades, Muhammad an-Nasir huía despavorido, con la única finalidad de salvar su vida.

    La polvorienta pradera estaba repleta de cuerpos desmembrados, y heridos agonizantes, sin diferencias entre razas o credos. El dolor y la muerte no hacían distinciones.

    Dos cuerpos juntos moribundos. Jaime aún aferraba su espada clavada en el pecho de Tumart, del mismo modo que este, no soltaba la lanza que atravesaba el costado del cristiano. La sangre que brotaba de sus cuerpos manchaba el campo de batalla, como la de otros miles de combatientes.

    No quedaba en ellos dos, más que un soplo de vida. Continuar luchando para aferrarse a ella era del todo inútil, así lo entendió Jaime que mirando a Tumart le dijo:

    —Dios está con nosotros, y aunque yo muera, otros como yo, os expulsaran de la península—.

    Tumart le miró, no tenía prácticamente fuerzas para responder, era consciente de que su vida finalizaría en pocos minutos. Su mente volvió a Córdoba, vio a su mujer Afrah, y a sus dos hijas Lama y Faatina, recolectando el campo bajo el despiadado sol, para poder entregar sus frutos a su señor benévolo que les dejaba unas migajas que poder llevarse a la boca. Nunca más volvería a ver sus caras, escuchar sus risas, o sentir sus caricias. La muerte le reclamaba.

    Una lagrima brotó de sus ojos, sentía tristeza, aunque también orgullo por haber dado su vida por Alá y por Muhammad an-Nasir. Levantó su rostro mirando al cristiano y exclamó:

    —No, Alá no lo permitirá, el territorio nos pertenece por su voluntad—.

    Jaime también tenía mujer e hijos, que devotamente se ganaban el poco pan que les dejaban sus señores feudales, con el sudor de su frente.

    Tumart apretó con la rabia que le permitieron sus escasas fuerzas la lanza, acabando de desgarrar los intestinos de su oponente, que cerró los ojos y dejó este mundo para reunirse con su creador.

    Segundos después también él expiró, mientras miraba al cielo esperando ver a Alá abriéndole las puertas del paraíso.

    La sangre brotaba de sus cuerpos, caía en la arena juntándose en un solo charco de sangre.

    Dos enemigos muertos, dos seres que se creían tan diferentes. Sin embargo, ahora su sangre estaba unida. Su vida miserable y de pobreza junto a sus amadas familias había sido similar, igual que el desprecio de sus señores hacia ellos utilizándoles como peones a su servicio, y su Dios, aunque ellos no lo supiesen, también.

    Los buitres volaban sobre dos cadáveres, dos enemigos, ahora gracias a la muerte, dos hermanos ante los ojos de Dios.

 

 

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