El antifaz

el antifaz

    Carlota aceptó participar en aquel juego. Desde que leyó cincuenta sombras de Grey, quiso ser como Anastasia, gozar como ella, disfrutar de eróticas experiencias y dejar de lado la rutina de su vida conyugal.

    Se casó joven con Sergio Martínez, empresario de éxito, que le dio una vida confortable a la par que aburrida. Sus regulares encuentros sexuales de cada sábado por la noche no eran precisamente emocionantes. Tras unos breves preliminares de cortesía, pasaban a la acción, que siempre consistía en la postura del misionero, finalizando con un buen orgasmo de Carlota, totalmente fingido.

    Tenía ya 35 años, y sentía que la juventud se le escapaba, había sido fiel a su marido siempre, y no porque no tuviese candidatos. Era una mujer muy atractiva, de metro setenta de estatura, cincuentaicinco kilos de peso, y unas envidiables medidas de ciento diez, sesenta, y noventa. Los hombres la miraban con deseo a su paso, pero ella era muy decente. Hasta  que aquel libro lo cambio todo, abriendo su mente a nuevas experiencias.

    “Si Anastasia puede, yo también —pensó”.

    Se trataba ahora de encontrar a un hombre para convertirlo en su amante, y ya tenía un gran candidato.

    —Buenos días Pedro, ¿Por qué no nos saltamos la clase y vamos a tomar algo? —le dijo a su monitor de tenis.

    Pedro Roldán era un joven de veintiocho años, con un cuerpo esculpido por el deporte. Monitor de tenis de profesión, y canalla de vocación como decían las malas lenguas.

    Tomaron esa copa, en un oscuro local, lejos de las miradas de la gente. Carlota coqueteó con él, se insinuó hablándole suavemente cerca de su oído, hasta que por fin se decidió a besarlo. Pedro besaba como nadie, con fuerza, con ímpetu, con un deseo que quemaba como el fuego del infierno.

    Él la arrastró hasta el baño del local, y levantando su falda, bajo su ropa interior, la apoyó contra la pared, y sin mediar palabra la penetró con la potencia de un semental, sin dulzura, sin piedad, solo con pasión. Eso es lo que necesitaba Carlota, un hombre que la dominase, que despertara a la mujer dormida por culpa de su marido.

    No se sintió culpable, al contrario, se sintió liberada, por fin tenía un amante, por fin disfrutaría del sexo. Aquellas sesiones del sábado deberían reducirse, siguiendo la mágica fórmula del dolor de cabeza.

    Buscaba pretextos para reunirse con su cómplice, cenas con amigas, tertulias literarias, maratones de cine, todo era buena excusa para hundirse más y más en el mundo del sexo sin fronteras.

    Había vivido más experiencias en seis meses con Pedro, que con su marido en diez años de matrimonio. En realidad, alcanzaba más veces el orgasmo con su nuevo amante en un solo día, que en toda su vida con Sergio.

    Por fin llego la propuesta de Pedro. Él sabía que Carlota sentía fascinación por la dominación, así que decidió compartirla con sus amigos. Se trataba de una relación Amo/sumisa que pronto llegaría a su punto más álgido.

    Una fiesta privada, cinco hombres y ella. Pero Pedro se lo dejo claro. —La fiesta no es para ti, es para ellos —le dijo.

    No vería a los hombres que la poseyesen, solo los sentiría. Carlota debía llevar un antifaz totalmente opaco, sin visión de lo sucedido a su alrededor. Eso la excito sobremanera, así podría superar a Anastasia.

    Era una gran habitación de un lujoso hotel. Carlota empezó a desvestirse con cuidado frente a Pedro, estaban aún solos. Se quitó su vestido blanco y la ropa interior, pero no los zapatos de tacón, eso formaba parte del juego. Pedro le entregó una excitante y sensual combinación de color azul, y le colocó el antifaz.

    Estaba todo preparado, solo faltaba atarla a la cama, dejándola ofrecida para sus amigos. Carlota era consciente de lo que se le venía encima, estaba muy excitada, tanto como para mojar las sabanas.

    Manos sin rostro que acariciaban todas las partes de su cuerpo, hombres que disfrutaban de ella sin reparos, sin ninguna cortesía, buscando tan solo su placer inmediato. Unos eran suaves, otros más fuertes, escuchaba risas, bromas a su costa, pero eso la excitaba aún más, estaba complaciendo a su Amo, y eso la hacía feliz.

    Uno a uno terminaron con Carlota, hasta dejarla exhausta. Había alcanzado el sumun del placer.

    —Muy bien mi zorrita, ahora vuelvo y te desato —le dijo Pedro.

    En la estancia contigua, continuaban sus cinco amigos, fanfarroneando y felicitándose por lo ocurrido.

    —Bien amigos, a pagar —les dijo.

    Cada uno de ellos entregó quinientos dólares a Pedro, ese era el trato.

    Un juego que se repetiría bastante a menudo a partir de ese momento. “Por fin el libro de cincuenta sombras de Grey estaba siendo rentable para alguien más que para su autora —pensó”.

    Carlota era una más de las ocho maduritas que tenía a su disposición para ganar dinero, mucho dinero.

 

 

 

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