La bolsa o la vida

la bolsa

    Julia observaba las pantallas de su ordenador, con mirada atenta. Estaba sumamente concentrada, nada podía fallar. Su contacto en el ministerio, le había confirmado la bajada de las acciones de Plutam Corporation Inc.

    Tras una leve subida, debido a la puesta en marcha de su nueva factoría en Perú, de pronto y sin razón alguna, el valor de las acciones se desplomó. Julia sonrió, levantando sus brazos en señal de victoria.

    Carmen, le había informado que el gobierno peruano nacionalizaría a esa empresa aquella mañana. Por ello, pese a que la idea inicial preveía una espectacular subida, en realidad, las acciones ahora no tenían prácticamente valor.

    “Bueno, se trata de tener la información en el momento adecuado —se dijo Julia, mientras observaba como su cuenta en suiza aumentaba considerablemente.”

    Salió de su despacho, dispuesta a celebrarlo tomando una buena copa en ese bar de diseño frecuentado por grandes ejecutivos. Los aplausos y golpes aporreando las mesas de las oficinas centrales, sonaban cual canto de guerra de una multitud rindiendo pleitesía a la diosa de las finanzas.

    Frente a ese Dry Martini, Julia desprendía glamour de triunfadora. Aquello, no pasaba desapercibido para nadie en el local.

    —Carlos cielo, tardare un poco en llegar a casa esta noche —dijo a través de su teléfono de última generación.

    Carlos, era su marido, pero también, su juguete, su mascota. Monitor de tenis con miles de afamadas y hambrientas seguidoras, más por disfrutar de su compañía que por las mediocres clases que impartía.

    Hacía diez años que Julia había cobrado esa presa, frente a la competencia de otras adineradas mujeres. Ella era una ganadora, en su vocabulario no existía la palabra derrota.

    “Vini, Vidi, Vinci —pensó el día de su boda, ante las envidiosas miradas de sus amigas del alma”.

    Llego al club, lo vio, y venció. ¿Qué se habían creído aquellas perras? Carlos, era su trofeo.

    Tuvieron una hija. Martina, educada en las mejores escuelas privadas, y colmada de lujos y caprichos, menos de la compañía de su madre. Julia solo tenía tiempo para los negocios, para disfrutar de Carlos, su juguete, cuando tenía necesidad, o para saltar en la cama de algún amante ocasional.

    Aquella noche, tomando una copa en la flamante barra, esperaba a Jorge, su socio. Un pobre hombre siempre a las órdenes de ella, firmando lo que le decían, y obedeciendo como un fiel lacayo.

    Julia había comprado de manera anónima el paquete de acciones de Jorge, y pensaba despedirlo al día siguiente. Pero como ella siempre pensaba en grande, decidió joderlo también esa noche.

    Se sació de él en aquella gran habitación de hotel, lo exprimió como a un esclavo, preocupada tan solo de su propio placer, que era lo único importante. “¿Qué más da el disfrute de tu pareja? —pensaba”.

    Vida de reina, caprichosa y orgullosa, devorando lo que el mundo ponía a sus pies.

    El lunes siguiente recibo la llamada de Carmen, su confidente. Aquella mañana, las acciones de Peiton Motors INC, habían caído de precio, pasando de los cien a los ochenta dólares, pero nadie tenía la información de primera mano, que Carmen disponía sobre lo que ocurría a continuación.

    General Motors quería absorber a Peiton Motors esa misma tarde, por lo que el valor de las acciones subiría hasta los ochocientos dólares.

    “¿Comprar a ochenta, para vender a ochocientos? —Julia se relamía de placer con solo imaginarlo. Era el mayor rendimiento que se había puesto a su disposición desde hacía muchísimo tiempo, o mejor dicho, desde nunca.”

    Podría tratarse del golpe definitivo. Llamó a todos sus bancos, exigió todo el activo del que disponía en efectivo y valores. En unas pocas horas había logrado reunir quince millones de dólares, y estaba convencida que invirtiendo ese capital, esa misma tarde lo habría convertido en ciento cincuenta millones. A ver quién sería el guapo que se atrevería a toserle, a discutirle el título de mejor financiera del planeta.

    Al llegar la tarde, Julia se concentró frente a los gráficos que mostraba su ordenador.

    —Venga subid, subid —gritaba.

    Sin embargo, algo impredecible estaba pasando. No subían, al contrario, el valor bajaba lentamente, pero sin pausa, 80, 70, 60, 50, 40, 30, 20, 10, Ding!

    La bolsa cerró. Las acciones se habían desplomado, ya que la empresa acaba de presentar suspensión de pagos. Había perdido todo lo invertido. Sudor en su frente, dolor en el pecho, sensación de asfixia.

    “¿Qué ha pasado? —pensó, mientras las oficinas se vaciaban de gente que se marchaba sin despedirse, como si ella no existiese”. Que lejanas quedaban las aclamaciones y aplausos al ser superior de días atrás.

    Agarró el teléfono, y llamo a Carmen, necesitaba una explicación.

    —¿No estabas segura que General Motors compraría esa empresa? —le preguntó.

    —Mira Julia, te la he jugado, merecías un escarmiento —le respondió.

    —Un escarmiento, maldita zorra, he perdido todo lo que tenía —le increpó, mientras empezaba a llorar por primera vez en su vida.

    Esa noche no saldría de caza a ningún bar. Volvió a su casa en busca de consuelo en los brazos de Carlos y Martina. Les explicó a ambos lo sucedido, y como cambiarían sus vida a partir de ese momento.

    Pasaron las semanas, y las facturas impagadas llenaban su buzón. Había llegado el momento de buscar trabajo, pero ¿A quién recurrir? Su modo de pasar por la vida en su pasado, no le ayudaría demasiado. Al poco tiempo, Carlos solicito el divorcio, alegando problemas de convivencia. Gracias a las pruebas aportadas, que demostraban que Julia era cocainómana, la casa y la custodia de Martina fueron para Carlos.

    Él no tuvo que frenar su ritmo de vida, ya que aquellas “Perras” del club de tenis como las definía Julia, en realidad eran unas Hienas. Cuando vieron disponible de nuevo a la presa, se lanzaron sobre él, para convertirlo en su nuevo juguete, eso sí, con la condición de mantenerlo como a un rey.

    La vida cambió para Julia. Sin amigos, sin techo, sin nadie a quien recurrir, con tristes trabajos por horas cuando tenía suerte, o vendiendo su cuerpo a cambio de unos billetes cuando no la tenía.

    Tras años de penuria, llegó el día en que su cuerpo se convirtió en basura, enfermo y lleno de llagas. Ya nadie estaba dispuesto a pagar por tocar a esa pordiosera.

    Era una sombra de lo que había sido. Ahora se dedicaba a limpiar cristales de automóviles en los semáforos, para ganar unas pocas monedas.

    “Bonito coche, aquí hay dinero —pensó.”

    Limpio con su trapo sucio, el cristal de un espectacular Bentley, en busca de su tan ansiada recompensa.

    La ventanilla del copiloto bajo y lanzaron una moneda a la cara de Julia, mientras se reían de ella.

    —Sucia vagabunda, no vuelvas a tocar nuestro coche. Ve a limpiarte, guarra —le increpó una joven.

    Julia se agachó para recoger aquellos centavos, mientras observaba como se marchaban.

    Se quedó pensativa durante unos instantes, tras los cuales exclamó en voz alta: —Qué guapa esta Martina. Y que buena pareja hacen Carlos y Carmen.

 

 

 

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