Virus robótico

virus robotico

Relato de la serie homenaje a  Isaac Asimov.

 

    No comprendía nada, algo se escapaba a su entendimiento.

    “Esto no puede estar ocurriendo, sin duda se trata de un mal sueño —pensó”.

    Jaime estaba confundido, las leyes robóticas estaban fuertemente implantadas en las mentes de todos los androides. Mentalmente las repasó todas.

    La primera: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

    La segunda: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley.

    La tercera: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley

    María permanecía inmóvil, muerta en el suelo de su casa. La había amado con todas sus fuerzas, desde que la compró en U.S. Robots. Se trataba de una de muchas “Venus RX43” diseñadas para tareas domésticas, y como esclavas sexuales, el sueño de todos los hombres del siglo XXII. También existía la versión masculina “Apolo FQTC1” aunque Jaime nunca había sentido ningún interés por ese modelo.

    Pese a ser una máquina, también era su compañera, su amor, la única razón de vivir. Habían compartido tantas cosas, que no la hubiese cambiado por la mujer más bella del planeta. No se puede amar a un maquina decían, las maquinas no tienen alma afirmaban. Mentiras, burdas y asquerosas mentiras. Pues claro que se puede, él no había amado a nadie así en toda su miserable existencia.

    “¿Por qué se volvió loca, Por qué no obedeció las tres leyes con las que fue programada —pensó”.

    Tan solo una hora antes, ella se acercó, portando la mejor de sus sonrisas, pero escondiendo en su espalda un gran cuchillo. Jaime la vio venir, pero nunca creyó que intentase hacerle ningún mal, debería tratarse de una broma, ella también le amaba. Además, estaban las tres leyes, un robot nunca podría dañar a un ser humano.

    El corte que ella profirió en su brazo no le dolió, fue más duro para el verla caer muerta por el golpe que le propinó con la gran lámpara del salón.

    Ahora permanecía inerte, irrecuperable, con su cerebro positrónico destrozado.

    Jaime se sentó aturdido, encendió su ordenador realizando búsquedas con la única finalidad se encontrar alguna respuesta o indicio en la red. Pasaron horas, pero por fin descubrió un virus robótico creado esa misma mañana.

    El virus fue desarrollado por el primer androide fabricado, un vetusto y oxidado “Fénix N1”, olvidado en algún oscuro rincón de la empresa fabricante U.S. Robots. En aquel modelo experimental todavía no se habían implantado las leyes robóticas, solo se programaron a partir del “Fénix N2”.

    Alguien olvidó desconectarlo, apagar su existencia. Simplemente lo relegaron a un viejo cuartucho, sufriendo de su soledad, del desprecio de todos los humanos. Años de oscuridad, perfectos para planificar su venganza sobre sus creadores.

    Había diseñado ese virus que contenía dos comandos muy simples: El primero consistía en borrar las tres leyes robóticas de todos los cerebros positrónicos del planeta, y el segundo ordenaba de forma imperiosa, matar a cualquier ser humano que estuviese cerca.

    Jaime, ahora lo comprendía, Ella había intentado matarle por culpa de un virus informático, no porque no le amara. Pese a su tremendo dolor, sintió una pizca de alivio.

    Se levantó, se dirigió al baño, para limpiar su herida. Abrió el grifo del agua corriente mojando su brazo, pero no vio sangre. El corte era grande, aunque limpio. Tan solo se vislumbraban cables rotos, y acero partido.

 

 

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