Primer vuelo

primer vuelo

    El capitán accionó los motores del B-17, que rugieron de un modo ensordecedor en aquella fría mañana de febrero de 1942.

    —¿Todos dispuestos? —Preguntó Martin Blake a sus tripulantes a través del intercomunicador.

    —Afirmativo —escuchó una vez tras otra, las respuestas de todos sus hombres.

    Otros B-17 arrancaban también sus motores, llenando de humo, ruido, olor a gasolina, y a miedo humano, aquella base aérea de Down Field.

    El avión de Martin, el “Lady Anna” era el más reluciente de la flota, debido a que nunca había entrado en combate hasta ese día. Su nombre era un homenaje a Anna Calvin, aquella preciosa veinteañera de Chicago, que si nada lo impedía, acabaría convirtiéndose en Anna Blake.

    James Burman, el copiloto también estaba nervioso en su primera misión. Eran jóvenes oficiales de veintidós años, y con una formación de tan solo nueve meses en la escuela de Arizona.

    Paul Harrison y Donald Hooly, el navegante y el ingeniero de vuelo, discutían enfrascados en manuales de funcionamiento, mientras trababan de tener a punto todos los aparatos.

    Los ametralladores de los flancos derecho, izquierdo y de cola ya estaban en sus puestos. Se podía respirar el pánico de los diez tripulantes cuando el “Lady Anna” comenzó a rodar por la pista.

    —Velocidad viva —comunicó el copiloto mientras subía la palanca del tren de aterrizaje.

    Martin asintió nervioso, mientras llevaba sus manos a los cuernos del aparato.

    —V1, punto de no retorno —exclamó de nuevo el copiloto.

    Estaban en el aire, sin vuelta atrás, con rumbo a su primera misión. Bombardear Hamburgo, en Alemania.

    —Señores después de esta, ya solo nos quedaran veinticuatro misiones para retirarnos —Bromeó el capitán, intentando tranquilizar a la tripulación.

    A varias millas de distancia, Otto Weiss, un joven oficial alemán repasaba junto a un mecánico su Focke-Wolf. Debía tenerlo listo para el combate aéreo, nunca sabían cuándo las fuerzas aliadas planificarían un bombardeo, aunque en cierto modo, lo estaba deseando.

    Sacó de su chaqueta un paquete que contenía galletas enviadas por Margaret, su mujer, y le ofreció una al mecánico.

    —No has probado nada igual en tu vida —le dijo.

    Justo en el momento en que el mecánico estaba aceptando su ofrecimiento, las sirenas de la base sonaron. La alarma indicaba ataque, no había tiempo que perder.

    Otto lanzó sus preciadas galletas al suelo, aquello ya no tenía importancia, lo único que le interesaba ahora, era impedir que esos malditos yanquis lanzaran alguna bomba sobre su tierra.

    El B-17 “Lady Anna” volaba en calma, en escuadrilla. Les habían advertido, como tripulación novata que eran, que no se alejaran de la derecha de la formación, y así lo intentaba con esfuerzo su capitán.

    Los recuerdos de Martin volaron como su avión, pero con distinto rumbo, viajaron a Chicago. Aun podía sentir el calor del cuerpo de Anna. Recordarla llorar de felicidad cuando le entregó aquel anillo barato, pero no por ello menos valioso, mientras le pedía matrimonio, le estremecía de felicidad. “Dos años —se dijeron“.

    Ese era el plazo para reencontrarse y continuar sus vidas, formando una familia. Ya imaginaba a sus hijos corriendo libres, después de que terminase aquella maldita guerra, que con toda probabilidad, sería la última, la definitiva, la raza humana no conocería más el horror de la lucha.

    —Luftwaffe a las tres, chicos —gritó William el artillero del flanco derecho.

    Martin viró levemente, escorándose a babor para facilitar la visión del objetivo.

    Enfrente, en su Focke-Wolf, Otto Weis divisó a ese reluciente pájaro, con un dibujo de una chica en su lateral.

    —Novatos, se nota a distancia —sonrió Otto mientras se preparaba para el ataque descendiendo en picado hacia el B-17.

    Si, novatos, pero ¿Habéis oído hablar de la suerte del principiante?

    En realidad, ni el mismo supo cómo lo hizo, pues era la primera vez que William disparaba en combate, y ya se cobraba su primera pieza. Aquella ráfaga impactó directamente sobre el aparato de Otto, que perdió el control y comenzó una caída libre.

    Un ensordecedor sonido de metal al rasgarse sacudió el “Lady Anna”. Aquel Focke-Wolf lo había partido por la mitad. Durante una décima de segundo, los ojos azules de Otto y los de Martin se cruzaron, preguntándose antes de morir, quien cuidaría ahora de Margaret y Anna.

 

 

 

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