Cuando sabes que lo que vas a escribir va a molestar

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Uno de los dilemas con el que nos encontramos todos los que nos dedicamos a escribir, es discernir si queremos o no provocar a los que van a leernos.

Si en tu caso, disfrutas creando polémica, hiriendo sensibilidades, y ofendiendo, no es necesario que continúes leyendo. O tal vez si, en el caso de que en algún rincón de tu alma sientas algo de remordimientos.

No estoy hablando de tocar temas polémicos, o incitar a la reflexión. Doy por sentado, que todos disfrutamos poniendo sobre la mesa (En este caso sobre el papel, o pantalla) temas controvertidos.

Cuando empecé a trabajar, de muy joven, en el departamento comercial de una empresa, me impusieron una norma muy estricta. Con los clientes nunca se habla de futbol, de política, ni religión.

Esto tiene una lógica aplastante en el mundo empresarial, ya que no es rentable ofender a ningún cliente. ¿Qué más da si él es del Madrid, y tú del Barcelona? ¿Importa si compartimos su religión o convicciones políticas? Lo que queremos, es vender, y por tanto, evitaremos entrar en cuestiones que puedan arruinar nuestro objetivo.

Pero, ¿Qué ocurre en el caso de la literatura? ¿Debemos intentar no molestar a ningún lector?

Cuando empezamos a escribir, y a dar a conocer nuestra obra, deseamos con todas nuestras fuerzas conseguir lectores, ya sea a través de redes sociales, o de ventas de ejemplares en papel. Es una reacción muy normal, ya que somos humanos, y necesitamos incrementar nuestro ego. ¿Algún escritor no se siente alagado cuando vende ejemplares, o tiene muchos seguidores en la red?

Si queremos conservar a nuestros lectores, podemos optar por la opción conservadora, creando textos planos, y que no ofendan a nadie (lo que podríamos denominar como Fast Book o Book light). Aunque, considero que entonces estaremos vendiendo nuestra alma en pro de las ventas. Dejaremos de ser escritores para convertirnos en vendedores.

Repasando los perfiles de mis amistades y conocidos en la red (Posibles lectores), encuentro varios con profundas convicciones, sobre todo a nivel político y religioso. ¿Si una de nuestras novelas plantea un tema que les ofenda, les perderemos? Posiblemente si, sin embargo, no por ello debemos renunciar a nuestro espíritu creativo.

El escritor no siempre está de acuerdo con lo planteado en una novela, no siempre comparte el punto de vista de sus personajes. Debemos dejar claro que escribimos ficción.

Si uno de nuestros personajes es homófobo, racista, misógino, incluso pederasta, eso no quiere decir que nosotros lo seamos, y mucho menos que lo defenderíamos en la vida real.

En la facultad, realizábamos un ejercicio en el cual tenías que defender un caso, y a continuación oponerte a él. Por ejemplo, sobre el aborto. En primer lugar tenías que realizar una exposición, postulándote a favor, y seguidamente, otra haciéndolo en contra. Eso nos hacía entender que todas las posiciones son defendibles con argumentos, y que podías usarlos a favor de tu disertación, independientemente de que estuvieses de acuerdo o no con ellos.

En la escritura nos pasa exactamente lo mismo. Puedes plantear una temática desde el punto de vista opuesto al que tú, como persona, tienes.

Estoy terminando una novela, que sin duda creara muchas polémicas, sobre todo entre mis amigos con sensibilidad católica. No desvelaré ahora la trama, solo puntualizaré, que a grandes rasgos, la temática se centra en la biblia explicada por el diablo. Todos los hechos tienen dos versiones, y me apetecía mucho, imaginarme en la piel de satanás, gritando: —Un momento, eso son todo mentiras, debéis escuchar mi versión—.

¿Eso quiere decir que yo soy el diablo? No…

Bueno, no sé, tal vez sí. El oscuro se presenta de muchas formas.

PD: Si quieres vender tú alma, envíame un WhatsApp.

 

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