El Robin Hood de la Navidad – II Parte

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    Robin Hood vuelve a tu casa por Navidad.

Roberto Bosques fue condenado a dos años de presidio por irrumpir en una propiedad privada. En principio, no debería haber cumplido esa condena por carecer de antecedentes penales, sin embargo, y gracias a la insistencia ante las altas instancias de la millonaria Ana Zapatin, el tribunal supremo dictaminó que fuera encerrado en las modernas mazmorras de Alcalá Meco.

    Su estancia en aquellas instalaciones llevó a conocer a Pedro Panza, su compañero de celda. Le habían encerrado por trilero y estafador de turistas en la puerta del sol de Madrid. Pedro se convirtió en su protector en la cárcel. El carácter noble de Roberto hizo mella en el alma de Pedro Panza, quien lo vio como un caballero a la antigua usanza, luchando contra los poderosos molinos. Desde ese momento, decidió ofrecer sus servicios como fiel escudero.

    Los días pasaron, y con ellos las semanas y los meses, hasta que llegó el momento de la puesta en libertad de nuestros dos amigos.
—Somos libres Pedro. Ahora puedes escoger entre vivir tu vida, o luchar contra la injusticia —dijo Roberto.
—Siempre a su lado señor, deshagamos crueles entuertos —fue la respuesta de Pedro Panza.

    Ambos partieron hacia un pequeño motel, que los servicios sociales les habían proporcionado. Disponían de tres semanas de alojamiento pagado generosamente por el estado.

    Se acomodaron en aquella triste estancia. Había llegado el momento de trazar su plan, estudiando los mapas de la urbanización “Los dinereti”, donde se encontraba la mansión de Ana Zapatin.
—Señor, junto a la casa de la banquera, se encuentra la vivienda del Luis Sefuertez, el último tesorero del Partido Actual —dijo Pedro.
—¿Ah, pero ya ha salido de la cárcel? —preguntó Roberto.
—Pues eso parece. Según este viejo periódico, fue indultado hace un mes por el presidente del gobierno Joviano Majoil —respondió Panza.

    Aquello se mostraba como una excelente oportunidad de resarcirse. Faltaban dos días para la nochebuena, y sin duda Santa Claus dejaría gran cantidad de regalos en aquellas dos mansiones. “Tiene que haber algún modo de encontrar un final feliz para los humildes —se repetía obsesivamente Roberto”.

    Después de trazar el plan, alquilaron una furgoneta con la que se apostaron frente a la residencia de Ana Zapatin. Esta vez no podía fallar, Roberto tenía que lograr su objetivo.
—¿Entramos compañero? —pregunto Pedro Panza.

    Roberto no le contestó, simplemente le agarró por el brazo para que le siguiera. Tal como hizo años atrás, saltaron aquel alto muro, reptaron por el césped del jardín, y se introdujeron en la casa por una ventana. De nuevo visualizo aquel gran salón con su árbol de Navidad, bajo el cual se encontraban cientos de bonitos regalos.
—Alto —gritaron los miembros de seguridad.

    Pero en esta ocasión Roberto estaba preparado. Pedro Panza lanzo dos granadas de gases lacrimógenos, al tiempo que le entregaba a su compinche una máscara antigás. Todos cayeron aturdidos, enfrentados a grandes dolores, mientras ellos recogían los regalos para introducirlos en su furgoneta.

    Al realizar un último vistazo, Roberto vio a Ana Zapatin tumbada en el suelo, retorciéndose de dolor por el efecto de los gases. Se dirigió hacia ella agarrando su cabeza para decirle al oído:

—Disfruta de mi regalo de Navidad. Conocer el dolor de la gente que no tiene nada, aquellos a los que vosotros habéis arruinado por vuestra codicia. Mañana muchos niños pobres disfrutaran de los regalos que tú y el corrupto de tu amigo Luis Sefuertez habéis comprado a vuestros hijos, con lo que robasteis a la gente. Esta es el verdadero espíritu de la Navidad, devolverle al pueblo lo que es del pueblo.

Ahora sí. Feliz Navidad, amigos.

 

 

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