Historia de dos reinos

historia de dos reinos

    Érase que se era, en un lejano continente hace muchísimos años convivían juntos dos reinos. El primero se llamaba “Floreslandia” donde reinaba la paz y la armonía, donde todo era tan políticamente correcto, que a las fichas del ajedrez no las llamaban blancas y negras, sino oscuras y menos oscuras, donde los jóvenes se dividían en jóvenes y jóvenas, y donde no se cedía el paso a las Damas, ya que eso se consideraría una ofensa de género.

    El nombre del segundo reino era “Voiportilandia”. Una nación totalmente diferente, sumida bajo un régimen totalitario, no daban importancia a los individuos, ya que su filosofía, era plenamente colectivista. Los resultados tenían más valor que las intenciones.

    En Floreslandia, trabajaba Carlos en su taller de zapatos, era feliz mientras construía esas obras de arte con esmero y cuidado en todos los detalles. Los fabricaba a mano, seleccionando los mejores materiales, y con un cuidado extremo. Al finalizar los ponía a la venta, ganando con ello unos doblones con que alimentar a su familia.

    Eran felices en Floreslandia. Sin embargo, en Voiportilandia trabajaban sin alegría, apremiados por el líder que les recompensaba con un mísero plato de arroz. Esteban controlaba a sus obreros para que trabajaran día y noche, mientras intentaba economizar, utilizando los más baratos materiales, sin importarle si estos eran de calidad o no.

    Esteban, el líder de Voiportilandia por la gracia de Dios y del golpe de estado revolucionario, emprendió negociaciones con Aurelio III, el monarca constitucional de Floreslandia, con la intención de introducir sus zapatos en el mercado floreslandes.

    —Lo cierto, es que ya tenemos muy buenos fabricantes de zapatos en el país, no veo necesidad de importar los vuestros —dijo el rey.

    —Dime una cosa colega, ¿A qué precios se venden los zapatos en Floreslandia? —preguntó Esteban.

    Aurelio III hojeó el expediente que el primer ministro había dejado sobre su mesa.

    —Por lo que veo, sobre cien Doblones —le dijo.

    —¿Qué te parecería, si te dijese que podríamos vender los que yo fabrico por veinte doblones, y que cinco serían tu comisión por permitirlo? —volvió a preguntar Esteban mientras le guiñaba el ojo.

    Aurelio III como no podía ser de otro modo, con toda la dignidad de un monarca de un reino políticamente correcto, le contestó:

    —¿Cuándo empezamos?—

    Que poco imaginaba Carlos, que su artesanal negocio peligraba. Al mes siguiente, se emitió un real decreto por el cual por motivos ecológicos, la piel que utilizaba para fabricar sus zapatos debería ser tratada con productos que aumentaban el precio. Su calzado pasó de costar cien doblones a costar ciento veinticinco. Con la salvedad, de que si antes su margen comercial, era de veinte, ahora era de quince.

    —Bueno, asumiré el incremento reduciendo beneficios, ya que mis clientes no tienen la culpa —se dijo a sí mismo.

    Mientras tanto en Voiportilandia, el líder Esteban a golpe de látigo, y reduciendo la porción del plato de arroz de sus obreros, con el fin de motivarlos, aumentaba la producción fabricando más y más zapatos. Por supuesto, sin cumplir ninguna estúpida normativa ecológica. El coste de fabricación de sus zapatos pasó de diez Doblones a cinco.

    “El Gobierno de su graciosa majestad Aurelio III ha emitido un nuevo decreto por el cual se liberaliza, y globaliza el mercado. Todos nuestros ciudadanos podrán gozar, de la libre competencia y elección de precios. La Globalización nos hará libres”. Anunciaba la prensa de Floreslandia.

    Un gran bazar se abrió frente a la pequeña tienda artesanal de Carlos, el “Dragón Muralla Voiportina”, donde ofrecía calzado a veinte doblones.

    “Bueno, la calidad es muy inferior, seguro que mis clientes me siguen comprando —pensó el iluso de Carlos.”

    Mientras el gran bazar vendía miles y miles de zapatos, en la tienda de Carlos no entraba ni el polvo.

    Esteban se enriquecía, y enriquecía, amasando una gran fortuna, que compartía con su socio Aurelio III. “Que bien poder gastar este dinero extra esquiando en invierno, y navegando en mi yate en verano —se decía mientras se relamía de gusto, el monarca.”

    Pasó el tiempo, y los fabricantes de zapatos de Floreslandia tuvieron que cerrar sus fábricas, ya que no podían competir con los precios de los productos que provenían de Voiportilandia. Tuvieron que despedir a sus trabajadores, y desmantelar sus empresas, vendiendo su maquinaria a un precio muy inferior al coste. Esteban, el gran líder, pudo comprar buena maquinaria a precio de saldo.

    Cuando finalmente no quedó en el reino ningún fabricante de calzado, el gran bazar “Dragón Muralla Voiportina” anuncio su nueva política de precios.

    —Todos los zapatos a ciento ochenta Doblones—.

    Aurelio III, llamó a Esteban para que reconsiderara ese incremento en el precio.

    —Sí, voy a reconsiderar una cosa —le dijo Esteban.

    Se lo puso muy claro. A partir de ese momento, no le entregaría ni un solo doblón más de comisión.

    —Pues voy a prohibir la entrada de tus zapatos, y fabricaremos los nuestros —amenazó el monarca.

    —Pobre desgraciado, ¿Fabricaras con la maquinaria que teníais y que ahora es mía? Los artesanos como Carlos, ahora trabajan para mí, por un mísero plato de arroz —le contestó Esteban el líder.

    Aurelio III lo entendió, no había hecho falta ninguna batalla para perder la guerra. Debido a su codicia y deslumbrado por los bajos precios, había rendido su reino a un tirano.

    Floreslandia dejaría de ser un reino soberano, dejaría de ser políticamente correcto. Ahora los jóvenes ya no se diferenciarían en jóvenes y jóvenas, todos serian lo mismo, esclavos del líder.

    Por fin, vivíamos en un mundo donde reinaba realmente la igualdad.