Tertulia infernal

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    Dejé de respirar, y el dolor cesó en cuanto abandoné mi cuerpo para iniciar el viaje a las puertas del infierno. Una caída veloz, atravesando la oscuridad y el fuego, propia de las almas malditas de los condenados.

    Aterricé sobre un lecho de otoñales hojas muertas con su mortecino color marrón, y al levantar mi mirada observé la roja puerta entreabierta que me invitaba a entrar en mi nueva morada para toda la eternidad.

    Más cuál fue mi sorpresa cuando se dirigió hacia mí un guía, el ser que me mostraría mis aposentos, ese diablo se llamaba Paco Umbral.
—Bienvenido al infierno de los escritores colega —me dijo tras pasar un ardiente brazo sobre mis hombros.
¿Colega? ¿Me había llamado colega, don Francisco Umbral?

    No había oído hablar del infierno de los escritores, siempre creí que el infierno era un lugar genérico donde no importaba tu profesión. Aunque comprendí, que tal vez los condenados nos merecemos un tipo de sufrimiento especial y personalizado, ¿Por qué al infierno se viene a sufrir no?

   Me condujo por largos y oscuros pasillos habitados por almas en pena. Sus lamentos chocaban contra las paredes, y el tenebroso eco las amplificaba hasta volúmenes ensordecedores. Paco me miró despreocupado, al tiempo que me invitaba a entrar en una estancia, me dijo:
—No te preocupes por esas almas, pertenecen a la mezquindad humana, violadores, maltratadores, dictadores, pederastas, son almas que vagan condenadas entre los pasillos de los diferentes infiernos, nada tienen que ver contigo, tu lugar está en esta sala—.

    La sala era un café enorme, donde rápidos camareros servían bebidas a todos los presentes, que se encontraban sentados alrededor de una larga mesa. Divisé entre ellos a Pío Baroja, Unamuno y a Camilo José Cela.

    A su lado había dos sillas vacías, y tras la señal de Paco Umbral, comprendí que ambas estaban reservadas para nosotros. Que pletórico me encontraba, feliz y resuelto me senté disfrutando de aquella oportunidad para conversar con tantos grandes talentos.
Unamuno estaba explicando su obra “San Manuel Bueno Mártir”, disertando entre comentarios de los demás, sobre el pensamiento de don Manuel, de Lázaro y su hermana Ángela. Todos lo escuchaban entusiasmados, atendiéndole, preguntando sus dudas, y debatiendo sobre la obra. Después cedió la palabra a Pío Baroja, y quedé maravillado con las aclaraciones sobre su libro “El Árbol de la ciencia”. Criticaba la situación de los proletarios desde los ojos de un estudioso. Camilo José Cela asentía con la cabeza dándole la razón, aunque discrepaba de algunos puntos educadamente.

    ¿Eso era el infierno? Escritores sentados tomando café y hablando de literatura, respetando educadamente el turno de palabra. En ese caso que no me esperen en el cielo.
Un punto de la conversación me pareció muy interesante, y le pregunté a Francisco Umbral:
—Tengo algo que opinar, ¿Cuándo llegara mi turno de palabra?—

    Su inteligente mirar se tornó oscuro, con una luz roja en sus pupilas, y el gesto de su boca se trasformó en una agria sonrisa que mostraba unos dientes amarillentos y afilados. La temperatura de la sala se congeló y el hedor a azufre impregnó el lugar

    —¿Tu turno?……… NUNCA, en ningún momento de la eternidad—.

 

 

 

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